Escritor

Leonel Gatica Cardemil

Leonel Gatica Cardemil tiene su enseñanza secundaria completa, la situación militar al dia y la papeleta de impuestos pagada, pero no todos los impuestos y sin muchas ganas. Ha publicado un solo libro: Palabras destiladas ante el silencio de tus ojos en Frankfurt/M y Milan. Participó en los talleres literarios de Carlos Ernesto Garcia en Barcelona; con el Prof Italo Santoro de la Universitaet JW Goethe y en creación y apreciación estética con Germán Carrasco Vielma en Stgo de Chile.

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POEMAS


Semáforo en transición

a IXAO
Muchacha, respira profundo luego de un rato;
en cada suceso algo hay de nosotros.
Lo ves?: se trata de eso y del reposo de una
réplica del movimiento en cualquier distancia:
en esta sobre mis manos ante el invierno,
en esa tan tuya viene de madre y los abuelos,
convertido todo en un arte de la transición.

En el reposo del movimiento y la respiración
se trata de no caer en la trampa. Ojo, es fácil.
De un imbécil convencido no esperas mucho.
Ahí nace y muere alrededor de su ombligo.
De otro al final de su respiración, viene algo,
aunque es poco: la gran punta de su nariz.
Y no se: nuestro origen está ombligo adentro
y los aspectos de la vida, más allá de la nariz.

Y así. Eso fue todo en esta transición de un día;
de sus efectos pendulares de extremo a extremo
y de la suma discreta de esas cagadas públicas,
nos ofrecen un contexto del error sistemático.

La transición se produce de un instante a otro,
recuerdas?. Fue en una tarde al voltear las manos.
Ya nunca más fuimos parte de esa infancia.
Ya pasó la hora en el mercado laboral y ahora
solo cabeceamos las tensiones propias o tuyas
y al final somos los mismos, un poco más solos.

Pero el reposo es una eternidad en el recuerdo.
Lo vi un domingo de invierno en plaza Balmaceda
también en las luces del semáforo del pueblo
allí un niño corre tras la pelota, un padre lo espera.
Su madre hace algo con sus manos y los mira.
Todos migrantes y muy negros: ya partieron.

Curioso, desde el semáforo sale un arcoíris lento,
las distancias mueren y la respiración da igual.


Pacto en Los Patroncitos

Este pacto garantiza la decisión de 2 personas
nada de insurrectas al final de sus vidas.
De las diferencias entre ellos, hay escaramuzas
en las maneras relacionales de beber café.

En ti hay una timidez yo creo, te viene de perillas.
Los demás no lo ven. Es tu primera capa.
Las ropas te visten en casa vienen
de tu abuela, madre y compras de ocasión
en la feria libre del domingo en Peñalolen.

En mi caso, lo más elegante alguna vez fue
una jardinera marca Lee usada por 3 años.
Luego siempre tuve dificultad en combinar
colores y estilos de pantalones y camisas.

Seremos dos personas, acuerdan algo.
Un consenso según entendemos esto o
aquello. Nuestra doctrina, la convivencia.
Tendremos un objetivo y haremos acción.
Una orgánica hará posible lo anterior y
ya veremos la manera de pintar los muros.

Y si todo calza en la vida de los espejos?.
Por desgracia la felicidad nos abarcará
con una costumbre inmune pero sabes
ese es el tipo de combustión primordial.

Se trata de los actos simples nunca básicos
de encender un fosforo y nada explota:
Los cajones abiertos dan lo mismo y el lugar
reservado en tu casa para mis cosas
tiene el ingrediente de una patria sin héroes.

En todos los ataúdes hay cierta antigüedad.
Sus moradores portan algunos datos igual
a las direcciones postales de quienes viven.
Por ejemplo, en Curacavi, donde vivimos,
moran nuevos inquilinos en pasaje Patroncitos.
Otros en viviendas sociales ubicadas donde,
de antiguo, estuvo el campamento Laura Allende.

Podemos caminar por ahí rumbo a una plaza.
Llevaremos a los muertos en los bolsillos.
En esto, yo me remito a mis costumbres y tu
permaneces en los hábitos. Así la cosa, pareciera
costumbres y hábitos tienen el comportamiento
de los antónimos y sabes, aun así tu y yo
buscamos el lugar de la intención común.

El día final de nuestras vidas nunca se sabe.
Hay un modo experimental incluso dos días antes.
A las parejas, ven eso, se les enciende la mirada.
Lo escuche de tu madre antes de morir, también
a una cajera del supermercado Erbi cerca de casa
mientras pagaba la leche y el café para ambos.


Eclipse en casa

Hoy tan similar a ayer pero diferente
dos veces se oscureció el entorno.
Estaba avisado y la mitad del país
se concentró en La Serena o Vallenar.

Mis amigos alemanes Jochen y Heike
viajaron de muy lejos para la ocasión.
Carlos desde Berlín me dice en serio
o en broma: quedarán todos ciegos.

Los ferreteros y boliches de Curacavi
vendieron hasta agotar sus stocks
filtros oculares usados por soldadores
y el negocio chino, unos lentes a luca.

En fin. Yo soy de una cierta manera.
También de otra. Es un rango frágil.
El horizonte de un suceso de ceguera;
pero en cualquiera de ambas o todas
un viejo asunto regio y crudo resulta
parecido al vínculo entre literatura
y lenguaje, o en realidad para mi,
se trata de la observación y el placer.

Y pasan esas situaciones de ahora:
se apaga el celular, los amigos no llegan
al punto acordado para la velada,
la espera en la calle no se soporta
y me acuerdo de mis viejos octogenarios:
ver el eclipse con ellos frente a la TV
es una buena cosa. Mi madre no recuerda
si alguna vez vio un eclipse. Mi padre
no sabe si tal vez nunca estuvo en uno
y en la pantalla muestran a un grupo:
desaforados de euforia por algo normal,
gritan, saltan y babean: ce hache i, chi!,
ele e, le!. Chi chi chi, le le le , viva Chile!,
grande weon! y otras pendejadas más.

Mi madre me mira acostada y dice:
"y estos?.. parecen fascistas". Mi padre
mueve la cabeza, nada dice, fuma y suelta
un sonido respiratorio. Yo los abrazo largo,
les comento algo leso: siempre festejan así,
a veces no da miedo, otras si, pero saben,
la mayoría miró al cielo y ahora regresan
a sus hogares en medio de la ceguera,
más allá del horizonte donde los sucesos
no escapan y se comprimen en un punto.

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